LOS INTELECTUALES

Por Hugo J. Byrne


¿Qué es y cómo se define un intelectual? Responder adecuadamente esa pregunta a veces requiere un análisis sesudo y un tiempo considerable. En términos generales atribuímos esa habilidad a miembros del mundo académico y aceptamos sin mucho análisis que la "intectualidad" debe siempre correr a parejas con la suma de capacidades didácticas alcanzadas por un individuo.

En el mundo académico el rasero básico para medir esas capacidades es el número de doctorados y maestrías obtenidas en una o en varias disciplinas. La capacidad de comunicar ese conocimiento, bien a través de la elocuencia que requiere la enseñanza directa, o en el uso adecuado del idioma, ya sea en libros, o en las otras diversas maneras de comunicación literaria, es también un instrumento común para determinar el alcance intelectual de una persona. Este modelo puede aplicarse a todas las disciplinas, tanto en las ciencias como en las humanidades.

Sin embargo, ni la cantidad de conocimientos ni el nivel de inteligencia (modernamente lo que llamamos I.Q.) son los únicos elementos determinantes de la capacidad intelectual de una persona. Hay otro factor imprescindible, mucho más importante que los dos ya citados. No existe intelecto sin carácter.

No olvidemos que al comienzo de los juicios de Nuremberg, todos los acusados de crímenes contra la humanidad fueron sometidos a pruebas de nivel de inteligencia (IQ). Los resultados indicaban que por lo menos seis de ellos tenían niveles casi geniales. Herman Goering por ejemplo, tenía un IQ de 138. Esto no les impidió colaborar hasta el fin con un maniático creyente en astrología, quien nunca obtuvo un rango superior al de cabo en el ejército alemán y cuyo único legado histórico es la devastación de la Segunda Guerra Mundial y más de cincuenta millones de vidas.

Por el contrario, antes de cumplir dos años de edad, una enfermedad terrible hizo que Helen Keller (1880-1968) perdiera al mismo tiempo su vista y habilidad auditiva. Durante ese período esencial al desarrollo mental del ser humano que ocurre entre las edades de dos y de cinco años, esa pobre niña permaneció por debajo del nivel vital de un animal doméstico. El aprendizaje básico de Keller realmente empezó poco antes de su séptimo cumpleaños, cuando entrara en contacto con Anne Sullivan, educadora de niños ciegos del "Perkins Institute for the Blind" de Boston. Esa institución educativa fue aconsejada al padre de Keller por el Dr. Alexander Graham Bell, inventor del teléfono, como la que mejor podría auxiliar a su hija, si es que esto era posible.

Mucho podría decirse sobre la extraordinaria labor didáctica que la señora Sullivan ejerciera en Keller. Pero, ¿habría tenido éxito esta maestra insigne de no haber sido por el coraje sin límites de su pupila? Helen Keller no sólo aprendió a hablar y escribir correctamente, sino que dedicó toda su vida al auxilio de ciegos y otras personas con impedimentos físicos. Su contribución humana no se limitó a dar conferencias y recibir honores. Keller escribió decenas de libros que fueron traducidos a más de cincuenta idiomas.

Recordamos en nuestra juventud a un pintor cubano, cuyas obras eran altamente cotizadas por la crítica. Su trazo, sus contrastes de luz y sombras y el colorido de sus lienzos nunca hubieran delatado que los pinceles eran dirigidos por la fuerza de sus mandíbulas. La desaparecida revista semanal cubana Bohemia publicó una vez un reportaje sobre este pintor, que había nacido sin brazos ni piernas. El intelecto de este tronco humano, reflejado en su obra artística era consecuencia directa de un valor increíble. No podía transportarse a sí mismo, comer, o mantenerse aseado sin ayuda ajena, pero se ganaba la vida pintando.

La voluntad indomable del más famoso poeta ruso contemporáneo hizo posible que su genial obra literaria (tanto en prosa como en verso), derrotara las infinitas torturas físicas y sicológicas a que lo sometiera el más brutal aparato represivo de los tiempos modernos. El verbo viril de Alexander Solzhenitsyn, no sólo sobrevivió al "Gulag" soviético, sino al destierro y al cáncer.

En los días aciagos de nuestra salida de Cuba, una de las primeras personas conocidas que identificamos en el exilio de Miami, era un pobre viejo analfabeto a quien recordábamos como guía de botes pesqueros en las aguas azules de la costa norte de Pinar del Río. Aunque no nos acordábamos de su nombre, sí de la agudeza de sus expresiones y su manera de pensar, razonable y prudente. Contestando a la pregunta de ritual de aquel entonces; "¿Cómo llegaste?", nos respondió algo que jamás olvidaremos: "Tu sabes que mi bote no estaba en buenas condiciones. Llevé lo mínimo que necesitaba para la travesía y miré a las estrellas. Le doy gracias a Dios, porque sé de muchos que tenían más medios y mejores barcos que yo y se perdieron. Lo importante no es lo que tienes, sino como lo usas."


FIN



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