EL ESPÍRITU DE LAS COSAS
por Ralph Rewes


Si definimos la palabra «espíritu» como aquello (físico o milagroso) que mantiene unidos átomos y moléculas en una forma específica, ya sea un cuerpo, una casa, una flor, podemos observar físicamente cuándo los espíritus se van. Cuando el espíritu deja de mantener unidos los componentes de un ser humano, este ser comienza a descomponerse, muere.

El espíritu humano se derrama por encima de su propio territorio y toca los objetos, animales, y espacio que le rodean. Si ese espíritu humano desaparece o deja de funcionar, su territorio, sus objetos y hasta sus animales sufren deterioro, aunque los animales menos por ser ellos portadores de espíritus en sí que le dan su forma.

No estaban muy lejos de esta verdad los practicantes de religiones animistas, aunque su manifestación hacia la espiritualización de cosas animadas e inanimadas puede ser cuestionada por aquellos que creen tener respuestas para todo.

Si uno observa a las personas que conocemos, especialmente en el proceso de crecimiento, madurez y envejecimiento, vemos como el espíritu de cada uno de ellos a veces se expande, dando un toque nuevo y limpio a todo lo que le rodea. Por el contrario, si ese mismo espíritu se retrae, uno nota que todo lo que está alrededores de esa persona se empobrece, deteriora, empolva. Su aseo, ropa, vivienda van tomando un aspecto de abandono que comienza una especie de ciclo vicioso que, si no se detiene a tiempo, puede ser peligrosísimo para su propia subsistencia.

El espíritu de las cosas inanimadas se combina con el espíritu de los humanos que le rodean, así, una persona al construir, al crear algo, está dándole una especie de protección espiritual a su creación y cuando su espíritu se ausenta de su creación, ésta comienza a deteriorarse, a menos que un espíritu de igual valor, enamorado de esa creación, la adopte y revitalice.

Una ciudad es el reflejo de miles de espíritus, cada uno cuidando su creación. Si ocurre un abandono masivo y las personas que toman posesión de cada creación en particular es de espíritu contraído y poco le interesa crear cosas nuevas o revitalizar lo que acaba de poseer, una horrenda destrucción de valores físicos ocurre.

He ahí la Habana. Al ser abandonada por los miles de espíritus que tan amorosamente cuidaban cada uno de sus componentes y al caer esos componentes en manos de personas destructivas, la ciudad de antaño se desmorona, se descompone y cae al suelo, donde espíritus soñadores recogen pedazos para construir rincones, pues más allá de rincones no se les permite hacer nada, excepto en el caso de los ladrones con gusto que se apoderaron de las mejores mansiones y han sido absorbidos por el valor del espíritu que construyó esas mansiones.

El gobierno pseudorrevolucionario cubano nunca se percibió de esta realidad incombatible. Muchos de sus dirigentes, aunque gente preparada, cayeron en la ignorancia y pensaron que las casas de los ricos eran hermosas en sí, y no eran el producto del gusto, del amor del dueño. Así, no tuvieron el menor escrúpulo en entregar esas mansiones que, en muchos casos, eran verdaderas obras de arte en arquitectura residencial a los ignorantes, descuidados o indiferentes que no tenían la menor idea de qué hacer con ellas.

La triste realidad era otra. Una vez que el dueño dejaba una casa, esa casa empezaba a descomponerse. Podría tardar años, pero la destrucción de los exquisitos valores que la erigieron ya no estaban allí para proteger su integridad. Hoy la Habana es una ciudad llena de fantasmas, pero sin espíritu. Las residencias de los «macetas» del partidos o de los inversionistas sin escrúpulos podrán tener muchos objetos de lujo robados, muchas cosas modernas que compran en sus constantes viajes al extranjero, pero les falta el espíritu que le da cohesión al inmueble. Ellos esperan que un cuarto decorado con estilo se caiga a pedazos, para ordenar a los departamentos correspondientes de suministros a la clase privilegiada, los materiales necesario para destrozar lo que quede y armar algo que ellos llaman «práctico y eficiente.»

El espíritu se produce espontáneo, es el hijo más valioso del concepto del Dios alma máter, y no se puede mantener a fuerza de armas y represiones. No se le mantiene rehén, ni se le puede encarcelar, porque el espíritu que crea, una y mantiene una obra, desde una flor a una casa, a una mansión tiene que estar junto a su creación y tiene que estar contento.


FIN



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